Relatos

DE NUEVO

Por Angel Macia Ruiz

HAIMA_3De nuevo, los camiones me alejan del campamento. Mis ojos llorosos convierten mis lágrimas en lagañas de arena por el polvo que levantan las ruedas en contacto con tan maldito y maldecido suelo y fotografían la última vista general del que había sido mi segundo hogar.

El corazón me decía que saltara del camión, el alma que no pensara más y la cabeza que, como siempre, fuera realista.

En el camino, si se le puede denominar camino, dejo a Japbó, vecino de la familia que me había traducido las inquietudes y simpáticas respuestas de la que había sido también mi segunda familia. Junta a Japbó permanecen su inseparable y pícaro amigo Jaime, Minato, una de las tías, y corriendo detrás del fugaz camión, dándome su último adiós, ajenos a la realidad que están viviendo, los inocentes Falcata y Homeini.

En la Haima se habían quedado el abuelo, signo de respeto, orden y sabiduría de la familia; la abuela, siempre sonriente y bromista, y la madre y hermanas, que eran las que más habían sentido mi nueva partida.

En esta última travesía por el desierto, mientras estoy de pie en el estrecho camión donde vamos apretados unos con otros los procedentes de Bucraá, hago un último repaso de mi corta pero intensa estancia con los que se compartió, hace mas de 25 años, nuestra nacionalidad y que hoy están abandonados en el desierto, o, mejor dicho, en el “infierno de la Hamada”.

Lo primero que recuerdo es el miedo que tenía diez minutos antes de subir al avión que esta vez ni viajaba acompañado sino que marchaba solo,, con una carga material de 55 kilos y una carga emocional de madurez y de saber comportarse y responder ante las miradas de alegría y sonrisas vergonzosas de las mujeres, las caricias tímidas de los niños y la respetuosa y serena del cabeza de familia. En se momento deseé que no saliera el avión, que se cancelara el vuelo, sin embargo no sucedió y ahora, irónicamente, deseaba volver con todas mis fuerzas, pero … ya era demasiado tarde.

Dejo de pensar por un instante para respirar hondamente y cambiar de posición, y seguidamente regreso a los momentos más emocionantes de mi viaje.

Sin duda, después de la partida, lo más emotivo fue la llegada. No sabia que iba a ir cuando se detuvo el coche delante de la casa del abuelo, Falcata y sus amigas con las que venía del colegio se acercaron, yo la reconocía al instante pero ella se quedó extrañada mirándome y cuando la llamé por su nombre fue corriendo a llamar a su madre y a sus tías, las cuales, como si del mismo siroco se tratase, surgieron de repente de la casa de adobe arrojándose sobre mí para abrazarme. Enseguida agarraron la cantidad de bolsas y macutos que milagrosamente había logrado traer y me condujeron hacia la casa intentándose comunicar conmigo mediante las escasas expresiones que en nuestro idioma conocen, aunque la emoción y la alegría de mis inesperada visita no les dejaba articular palabra. Mientras Falcata llamaba a Japbó para que pudiéramos entendernos, la casa no paraba de llenarse de un goteo incesante de gente que no conocía.

Cuando se puso la luna sobre el sol llegó la hora de repartir todos los regalos: ropa, calzado, artículos de cosmética, colonias, jabones, … y algunos manjares como la miel, la mermelada, frutas, zumos, etc.

Tras haber recibido mil agradecimientos y haberse calmado tal terremoto de afectuosas sorpresas me calcé y me escapé dos minutos para volver a observar la única y maravillosa imagen que pueden ofrecer los desafortunados campamentos. ¿Y qué puede maravillarte de un lugar pobre y humilde?, te estarás preguntando, pues un cielo negro azabache estrellado, adornado por miles de millones más de estos cuerpos celestes que nosotros, pobres ilusos, adinerados, consumistas y contaminadores, no volveremos a observar en nuestras grandiosas ciudades.

Al día siguiente me vestí con mi turbante y mi darrá para comenzar mi trabajo de cartero. Tenía que repartir las cartas de las familias que habían acogido a un niño en verano y que querían saber de él y de su familia. Apenas cinco minutos fueron suficientes para sentir como el termómetro empezaba ya a rozar los cincuenta grados. Las altas temperaturas eran insoportables y no tardaron en trastornar mi organismo, que padeció fiebre, dolores de cabeza y diarreas, fieles acompañantes del resto de los días que he pasado aquí.

Pero no podía decaer, tenía que ser fuerte, aunque las situaciones diarias tampoco ayudaban mucho ya que se me enfermaba también el alma ante imágenes como las de las cabras comiéndose los trozos de tela desgarrados de las Haimas, ancianos con los ojos infectados por el tracoma o el propio abuelo que tenía la mayor parte del cuerpo despigmentado y con fuertes agobios causados por el asma, mujeres serias y tristes por la anemia que las estaba consumiendo o la delicada situación de Bachir, un niño acogido en mi ciudad cuya madre me rogaba que pidiera a la familia hicieran todo lo posible para que su hijo pudiera venir a España y conseguir un tratamiento contra los ataques epilépticos que se reflejaban en los ojos decaídos del pobre Bachir al cual no podía prometer ni dar esperanzas de que tal hecho pudiera producirse, y eso me angustiaba aún más.

Afortunadamente el trato humanitario de la familia equilibraba la balanza y en contraposición de tan lamentable situación existieron también muy buenos y entrañables momentos que endulzaron mi estancia. Recuerdo aquellos instantes en los que pretendían enseñarme algunas palabras del sahanía que desastrosamente pronunciaba y todos nos reíamos, y cuando jugábamos a un juego parecido al parchís donde el tablero era un montículo de arena; las fichas, piedras y palitos, y como dado ocho varas, todos hermosamente decorados. Añoraré además las noches de bailes y festejo, y de largas horas de charla bajo el cielo estrellado, compartiendo deseos, inquietudes y anécdotas; las travesuras del más pequeño de la familia que juguetón se escondía detrás de todos intentando acercarse a mí, y otras anécdotas y aventuras que no podría explicar con términos porque no hay nada que los defina.

Tras recorrer brevemente mi particular viaje regreso al momento de la partida, cuando las mujeres se habían puesto sus mejores melfas y los niños habían sido vestidos con la ropa más decente y limpia para despedirme. Vuelvo a ese ambiente silencios y molesto, que en nada se parecía al que hubo a mi llegada. Las miradas ya no se dirigían hacia mí sino al suelo, para no mostrar sus ojos sollozantes, para no quedarnos fijamente mirando en el momento en que se escuchase la llamada de salida del altavoz que significaba el adiós desgarrador causado por la codicia, el odio y la deshumanizada sociedad en la que hoy vivimos.

ESTO ES OTRA HISTORIA

Por Irene Conejero Ferrándiz

Pero bueno, esto ya es otra historia…

EL VIAJE. Contar un viaje en el que casi exclusivamente se hace por las personas que vas a visitar tiene cierta dificultad, y si añadimos la ausencia de monumentos, jardines y lugares bonitos, todavía se hace más difícil. Mi actividad viajera hasta esa fecha no había sido muy abundante. Conocía seis o siete capitales de España y alguna que otra playa que había visitado durante los veranos.

A pesar de esta limitada experiencia, sabía que este no iba a ser un viaje normal. Y no fue normal, porque el día previsto para iniciar el viaje, después de prepararlo con mucho tiempo, tener un equipaje enorme, pedir permiso en el instituto, despedirte de toda la familia y amigas, te trasladas al aeropuerto, descargas todo el equipaje y cuando la puerta automática se abre, te dicen que hay una huelga y que el avión no sale. Y yo, el día de mi cumpleaños, con la ilusión de disfrutar de uno de los regalos mas añorados: viajar al Sahara, me vi, dos o tres horas más tarde de nuevo en casa, sin salir del asombro, con el viaje aplazado, y sin fecha de salida.

Afortunadamente como dijo Machado: “todo pasa”. Pasaron unas semanas y de nuevo se fijó un día para la salida.

Se repitieron los pasos de la vez anterior y con alegría sentía que la emoción, si cabe, era mayor.

HAIMA_2El viaje lo hacia con mi padre y otros amigos de la asociación de ayuda al pueblo saharaui, que al igual que el resto del pasaje, llevábamos mucho más de los veinte kilos de peso permitidos. El intento de que los admitieran fue todo una odisea.

Ya sentados en el avión, un minuto antes de que empezara a sentirme relajada por todo lo vivido hasta ese momento, se nos dijo que iban a retirar parte del equipaje porque era imposible el despegue con ese peso. Eso significaba que hasta llegar a Tinduf no sabría si había perdido equipaje. Por lo que gran parte de las dos horas y media de viaje nos las pasamos con los dedos cruzados, deseando que estuviera todo el equipaje, o al menos lo más importante, que era todo, pues hasta la ú última cosa que llevábamos tenía donde íbamos una gran importancia.

Alicante tiene un bonito y moderno aeropuerto y no digamos de la ciudad y alrededores, pues bien, transcurridas esas escasas tres horas, todo era distinto: calor agobiante, una terminal pequeña, vieja, multitud de policías, y unos aduaneros que retrasaban los trámites sin prisa alguna.

El equipaje no estaba completo, pero ya lo teníamos con nosotros y lo estabamos cargando en los viejos camiones de los amigos saharauis. Nosotros íbamos en autobuses, que alguna vez, quizás veinte o más años atrás, habrían sido un flamante autobús de Murcia, Salamanca o incluso de Liverpool.

La visión de la ciudad argelina de Tinduf, última ciudad antes de adentrarnos en la “Hamada”, el desierto del Sahara en territorio argelino, fue bastante deprimente: una ciudad como a medio construir, pero sin orden ni concierto y con materiales de todas las clases.

La primera noche en el desierto la pasamos en Rabbuni, “la capital” de los campamentos de refugiados donde se encuentra su administración, un conjunto de casas de adobe, sin apenas luz, en donde nos ofrecieron dátiles pan y leche. Dormimos en unas tiendas de campaña de tipo militar el breve tiempo que transcurrió hasta el amanecer.

Después de un rápido desayuno, lo mismo que tomamos para cenar, cada uno estaba preparado ante el camión que le llevaría a la zona del campamento donde nos esperaban el niño o la niña que habíamos tenido el verano pasado en nuestra casa.

Un “empujoncito” y estabamos en lo alto de un camión. Dejábamos atrás esas casas y esas tiendas en las que habíamos estado todos juntos. Ahora cada grupo iba a un lugar distinto. Nosotros teníamos suerte porque al campamento que nos dirigíamos, Bukraa, estaba mucho más cerca que otros ( ocho o nueve horas de camino).

El Siroco rozaba continuamente nuestras caras, el equipaje lo llevábamos en el suelo del camión y apenas lo reconocíamos pues la arena empezaba a cubrirlo todo.

Entre salto y salto, el paisaje que observábamos era cada vez más desolador: arena, piedras, arena, piedras, arena… el cansancio empezaba a hacerse notar

No había carretera, miraba a lo lejos y no se veía ni rastro de vida, espera un momento, algo empieza a verse en el horizonte, todos miramos, ya estábamos llegando a los campamentos. Se nos dibujó una sonrisa que imaginé detrás de los pañuelos que nos cubrían la cara. Unos cuantos saltos más, algún frenazo y bajé del camión como si hubiera pasado media vida allí.

Lo que vi y sentí no lo olvidaré nunca: cientos de niños aparecieron corriendo de todos los sitios, despeinados y con ropas que no eran precisamente de su talla. Creía reconocer en todos a los que había conocido en el verano. Nos preguntaban por “Pepe” de Sevilla o “Montse” de Galicia, pobrecillos, imaginan que todos nos conocemos y que apenas existen distancias entre nuestras ciudades.

El corazón latía con fuerza y la vista corría de un lado a otro para encontrar a los niños que habían pasado el verano junto a nosotros.

Una niña me miraba con ojos brillantes, su aspecto era irreconocible, pero era ella, Minatou, enseguida llegó Bachir terminando de abrocharse una camisa “bonita” para nuestro recibimiento. Entre abrazos, lágrimas y risas llegamos a la jaima de uno de ellos. Toda su familia nos esperaba radiantes de alegría, ¡que paradoja, en un sitio que se debe parecer mucho al infierno, nos sentíamos felices y emocionados! Su sincera hospitalidad hacía que no tuviera importancia su modestia en lo material. Fueron cinco días y cinco noches inolvidables. A pesar de nuestra insistencia, sacrificaron una cabra, símbolo máximo de alegría y bienvenida. Desde el primer minuto nos vimos desbordados de tanto afecto que apenas notábamos el que no habláramos su lengua, ni que conociéramos sus costumbres.

Paseamos por su noches oscuras, mirando su inmenso cielo estrellado, aprendimos que “gamaar” es como llaman a la luna en su lengua, bailamos, tomamos innumerables tés, comprobé lo importante que son las tertulias y aprendí algo que aquí casi no valoramos: tener el agua que necesitas, tener comida, un aseo, una cama caliente y limpia son lujos que allí son prácticamente inalcanzables.

Siempre recordaré la sonrisas de todos los que trate allí, a los que estoy profundamente agradecida por todos los “regalos”, nada materiales, con los que me obsequiaron.

Cuando oigo desierto, … me pongo a soñar. A mis niños, LUNA.

UN VERANO DISTINTO

Por Irene Conejero Ferrándiz

La llegada.

El autobús dobló la esquina de la Corredera. Tres largas horas de espera terminaban. Tenía que ser ese, pues a las cinco de la mañana, pocos autobuses pasan por el centro de la ciudad. Bajaron, y no sé quién tenía más cara de asombro, si ellos o nosotros. Nos habían presentado a todos en la Casa de la Cultura cuando las primeras horas de un caluroso día de julio empezaban a asomar.

Al llegar a casa nos llevamos una sorpresa. Minatou, cuando vio las escaleras se quedó parada ante ellas y apenas las sabía subir. Era la primera vez que subía a una casa con escaleras. La primera vez de algo nuevo para ella volvió a repetirse en casa, con el agua saliendo de un grifo, con la luz eléctrica, la televisión, un vaso de leche fría e infinidad de cosas más. Y todo se veía reflejado en una cara y en unos ojos en los que el asombro y el cansancio empezaban a hacerse notar.

Llevaba una triste bolsa de tela roja con cremallera cosida a mano y dentro de una melfa de colores, tres pulseras y una carta escrita en español.
Nos fuimos a dormir, o por lo menos a intentarlo, pues la emoción era tan grande, que nos iba a costar a todos conciliar el sueño. En eso, me dio la mano y la apretó con fuerza, como si sintiera miedo. Nunca había dormido tan alto, y ni siquiera en una cama. Estaba acostumbrada al suelo de su jaima.

Con ese apretón sentí que tenía una hermana para siempre y empecé a tomar conciencia de que iba a vivir un verano distinto.

image08La estancia.

Todo lo que hacemos diariamente, lo que constituye una rutina y a lo que apenas prestamos atención, se convirtió con la presencia de Minatou en una serie de acontecimientos importantes y placenteros, era como si lo hiciéramos y lo viviéramos por ella.

Teníamos ropa preparada que hubo que acomodar a sus pequeñas medidas. No sabía ni una palabra de nuestro idioma y la comunicación con ella se hacía por medio de la mímica internacional.

La idea de mi padre de preparar una suculenta paella de pescado y mariscos nos sorprendió, porque estos últimos le provocaron tal susto que todavía hoy resuenan nuestras risas.

A lo que pronto se acostumbró fue a las siestas, a la que se apuntaba con prontitud. En la primera siesta la oí sollozar. Fue la primera vez que lo hizo. Se acordaba de su familia: de su madre y hermanos. Entonces la abracé y se le pasó.

Más tarde, nos llevó a la cocina, abrió el armario y nos señaló con su pequeño dedo una olla diciendo: -Para Tindouf, para mamá Galuha.

Dejamos de preocuparnos por si utilizaba los cubiertos correctamente. Más tarde, en el viaje que mi madre realizó a los campamentos de refugiados comprendió y me contó que la utilización de cubiertos es un lujo como tantas cosas. Comer con la mano en un recipiente común supone ahorrar la escasísima agua de la que disponen para la limpieza. Por cierto, que a la mano le llaman la cuchara de Dios.

La convivencia.

Cuando nos reunimos las familias con todos los niños, era una fiesta en la que todo se sumaba: la alegría de ellos por verse con sus iguales, hablar su lengua y contarse los mil y un detalles.

Para los padres, igual. Yo a los míos nunca los había visto hablar tanto. A todos les pasaban cosas parecidas, pero las contaban con matices diferentes, sintiéndose halagados por éste u otro detalle.

Como casi siempre, estas reuniones eran por la tarde, cuando el sol de julio descansaba de su intenso trabajo de todo el día.

Había piscina, con lo que la fiesta del agua llegaba hasta lo indecible: bocadillos comidos rápidamente para volver el agua y casi enfados para que salieran de ella.

La despedida.

Por mucho que se intente detener las cosas agradables, sin remedio llega la hora de la despedida.

Ella tenía que despedirse de tantas personas que la conocían, que los últimos días vivimos adioses que, por repetidos, no dejaban de entristecernos el ánimo.

Las compras, los regalos, todo parecía poco, y a la vez, el equipaje era inmenso para una niña de diez años.

En el aeropuerto, anochecido ya, estábamos otra vez casi las mismas personas que las esperábamos hace un mes en nuestro pueblo. Pero habían cambiado muchas cosas. Ni nosotros, ni supongo que los niños eran los mismos.

Y, si el primer día, a las pocas horas de estar aquí, sentí que iba a vivir un verano distinto, ahora me daba cuenta del enorme vacío que iba a suponer su marcha.

El tiempo pasó rápido, se formalizaron los trámites y los besos y los abrazos nos llenaron de lágrimas y de promesas de volver a vernos.

Eran muchos y a todos los conocíamos por su nombre y por su vida compartida con nosotros: Sudana, Sidati, Yenya, Unna, Fatma, Mohamed, Mayra, Salma, Said, Mussa, Gaud… Minatou.

Han pasado dos años desde entonces y el año pasado repetimos una historia parecida. Ahora soy yo la que con el equipaje preparado, me voy a su tierra, a su desierto inmenso, el Sáhara. Pero eso ya es otra historia.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información ACEPTAR

Aviso de cookies